Desde El Sobradillo
por Carla Medina, REALTOR® y Asesora Inmobiliaria en Canarias!
No sé si te has enterado, pero el muñeco de nieve de la rotonda de El Sobradillo —esa escultura extraña que lleva años vigilando el tráfico— perdió la nariz hace unos días.
Lo vi en prensa y, aprovechando que quería ir a comprar unos pollos para comer, vine a comprobarlo con mis propios ojos.
Y sí.
Ahí sigue, plantado, con la sonrisa intacta
y un hueco donde antes estaba la nariz.
Los coches giran a su alrededor, los niños lo señalan,
y el muñeco parece recordarnos algo:
que se dejan demasiadas cosas sin arreglar.
Quizá sea una tontería,
pero hay símbolos que explican un país mejor que un discurso entero.
¿Qué opinas?
Y aquí inauguramos este primer episodio de Domingos de Ladrillos.
Soy Carla Medina, REALTOR® y Asesora Inmobiliaria en Canarias, España,
y estás escuchado el audio que entrego cada semana, en primicia,
a las personas suscritas a mi newsletter.
Hoy, mi crónica, desde El Sobradillo
El Sobradillo es uno de los barrios del distrito suroeste de Santa Cruz de Tenerife,
y está a 414 metros sobre el nivel del mar, a unos 12 kilómetros del centro de la ciudad.
Lejos del escaparate turístico que muchos imaginan cuando piensan en Tenerife.
Aquí no desfila la Reina del Carnaval ni la cabalgata de Reyes y, sin embargo,
hay ya 10.500 personas “levantando el país”, como se decía antiguamente.
Trabajadores… currantes… esa clase media que tanto peligra en estos tiempos.
El Sobradillo es un barrio nacido del campo y devorado por el asfalto,
donde hace no tanto se sembraban papas y cebada,
y ahora, a un golpe de vista, uno aprecia mucha casa y poca tiendita donde ir a hacer los recados.
Entre semana el tráfico no para, pero hoy parece un desierto.
Doy vueltas sin rumbo, primero con el coche, luego a pie.
Quiero conectar estos paseos con los sentidos,
y pensando en el olfato te tengo que dar una información muy poco glamourosa:
lo que se cuela por mis fosas nasales es aire más fresco que en la costa —que se agradece— y el aroma aquí o allá a pollo asado.
A ver, igual lo he forzado,
porque los asadores de pollo que hay entre El Sobradillo y La Gallega
son un gran reclamo para un domingo cualquiera.
Veo una guagua pasar, una madre salir corriendo detrás de un niño de poco más de un año
que parece acabar de darse cuenta de que con esas piernitas maravillosas puede llegar donde quiera…
Y pasa también un coche con Rosalía a todo meter.
Eso no me gusta.
No me gusta que la gente obligue a los demás a escuchar su música,
pero he de reconocer que la última obra de la catalana
es un magnífico golpe de efecto.
Camino un poco más y busco un bar.
Quiero tomarme un leche y leche y leer un rato.
Entro en un sitio pequeño, de esos que mi abuela llama “un bar de hombres”.
“Carla, no entres en bares de hombres.”
Pues ahí voy yo.
Es temprano, pero ya hay en la barra un par de señores con sus vasitos de vino en la mano…
Finalmente, pido un barraquito y una pulguita de pata.
Abro el móvil.
Tenía guardado el Noveno Informe FOESSA, el de Cáritas.
Por si no lo sabes,
FOESSA son las siglas de Fomento de Estudios Sociales y de Sociología Aplicada.
Es una fundación vinculada a Cáritas Española,
creada en 1965,
y desde entonces se dedica a mirar la realidad social de este país con lupa,
pero también con humanidad.
Cada cierto tiempo publican los Informes FOESSA,
una de las radiografías más completas que existen sobre cómo vivimos los españoles:
quién se queda dentro del sistema,
quién se cae fuera
y, sobre todo, por qué.
Esto es lo que leo en voz baja, entre sorbo y sorbo:
El precio de la vivienda ha vuelto a los niveles de la burbuja de 2007,
tras caer un 52% entre 2007 y 2013. ¡Un 52% llegó a caer!
Desde entonces ha subido progresivamente.
El 45% de los hogares más ricos posee al menos una segunda vivienda,
el doble que en el año 2002.
España cuenta con 3,8 millones de viviendas vacías —el 14,4% del total—,
mientras tanto millones de personas enfrentan exclusión residencial.
El 14% de la población dedica más del 40% de sus ingresos a pagar techo. ¡Más del 40%!
Rápidamente, escaneo el documento buscando datos específicos de Canarias.
Dice el informe que Canarias está entre las regiones más tensionadas por el auge del alquiler turístico, un 20%.
Según el informe, el modelo de segunda vivienda y uso turístico agrava el acceso a la vivienda habitual,
especialmente en Santa Cruz, Tenerife Sur, Lanzarote y Gran Canaria.
Y escucha esto:
El esfuerzo para alquilar supera el 40% de la renta en hogares con ingresos bajos,
y las tasas de pobreza y exclusión siguen entre las más altas del país.
Eso aquí, en Canarias, en casa.
Y me llama especialmente la atención este apunte:
La exclusión residencial es ya la primera causa de emergencia social.
Leo eso y pienso que en barrios como este, El Sobradillo, esas frases tienen rostro.
No faltan casas.
Faltan llaves.
Todos los asesores inmobiliarios sabemos de propiedades bancarias que están cerradas
y no muy lejos de aquí, en La Gallega,
el otro día pasé junto a un edificio okupado.
Pago el café y el bocadillo.
Vuelve a pasar un coche con el tema de Rosalía sonando.
Parece que se va a convertir en la banda sonora de mi día.
De camino, pienso que me gusta cómo suena el tema de Rosalía con Björk, LUX Æterna,
pero no había leído la letra.
Así que la busco y leo una frase que me hace sonreír y levantar la cabeza:
“La única forma de salvarnos es a través de una intervención divina.”
Y pienso si no va a hacer falta una intervención divina también
para ajustar las cosas aquí abajo:
para que la gente deje de vivir con miedo.
Miedo a no encontrar casa.
Miedo a que los echen de la suya.
Miedo a que se la ocupen,
o a que el inquilino deje de pagar.
Cada uno con su miedo,
pero todos dentro del mismo problema.
Aprovecho para cumplir mi objetivo y paro en un asador.
Me llevo un par de pollos, papas y una ensalada de col.
Pongo a Rosalía y me desvío hacia Barranco Grande.
Paso de largo por Los Alisios.
Bajo el volumen de la música y miro alrededor:
barrios con distinto nombre pero realidades parecidas.
Pienso en la cantidad de historias que esconden estas fachadas.
Una de ellas la viví hace poco, muy cerca de aquí.
Te cuento.
No hace nada vendí un piso precioso,
dos habitaciones, garaje y trastero.
La propietaria lo intentó sola en marzo.
El inquilino quiso comprarlo,
pero el banco le dijo que no llegaba: tasación, 145.000 euros.
Meses después me pidió un estudio de mercado.
El estudio me dio 168.000.
Ella pensó que era una locura:
“¿Cómo han podido subir tanto los precios en solo seis meses?”
Yo pensé lo mismo y le dije:
“Tranquila, el mercado lo hablará.”
Vamos a respetar lo que ha dado el estudio de mercado.
Si está caro, las ofertas llegarán por debajo.
Publicamos.
Una visita.
Una compradora.
Tasación aprobada.
Venta cerrada.
En notaría, la compradora lloró.
Me abrazó y me dijo:
“Había tirado la toalla, Carla.”
La vendedora saltó a abrazarnos y terminamos las tres celebrando como si hubiéramos ganado una olimpiada.
¡Qué felicidad!
Ya en el coche, pienso que este domingo ha pasado por todos los sentidos:
- La vista, del muñeco sin nariz.
- El aroma, de los asadores de pollo.
- El sonido, de Rosalía, en las calles de El Sobradillo.
- El tacto, ese abrazo en notaría de la última propiedad que vendí en el barrio.
Solo me faltaba el gusto.
Y ahí está:
el del café que se enfrió mientras leía el informe,
y el de la comida familiar que me espera en casa.
Porque pocas cosas hay más nuestras que un ritual de domingo:
pollo, papas, ensalada de col,
una peli, un gato —o dos— entre las piernas,
y el abrazo pendiente de una abuela.
La felicidad está ahí.
En los barrios, en las casas,
de lunes a domingo.
¿Quieres que el próximo suene desde tu barrio?
Pídemelo.
Nos escuchamos la semana que viene.
Y si necesitas ayuda para comprar o vender,
me dices.
Que pases buen día. ¡Adiós!