Ep. 02 Domingos de Ladrillos

“Estaba trabajando en casa cuando alguien pasó cinco minutos intentando meter una llave en mi cerradura. No hice nada. Él no sabía qué estaba pasando. Yo sí. Y lo más desconcertante es que todo ocurrió el mismo día en que aprobaron la nueva ley del vacacional, me enteré de que un edificio histórico podría desaparecer… y una noticia internacional me dejó helada. Vaya semana”

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Una mirada al mundo que nos rodea mezclado con una pizca de actualidad

La Borrasca Vacacional, un ladrón en mi puerta y un paseo al viejo silo de Santa Cruz de Tenerife.

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Un hombre y una mujer escuchan un audio inmobiliario de Carla Medina asesora inmobiliaria en Canarias

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En mi blog recojo historias reales —de puertas que se abren donde no deben, leyes que nacen en mitad de borrascas y edificios que guardan memoria— y las uno con datos oficiales. Si quieres saber qué está pasando, te espero dentro.

Joven escucha los audios de la Newsletter de Carla Medina, asesora inmobiliaria

Algo muy importante, por si no me conoces: soy de aquí

Canarias es una región ultraperiférica de Europa y pertenece a España. Somos ocho islas a pocos kilómetros de África y geográficamente un enclave estratégico: punto de paso de rutas comerciales y, tristemente, también migratorias.

Muchas personas arriesgan su vida llegando en cayucos y pateras buscando una oportunidad.

Canarias es un paraíso para inversores y turistas, pero para quienes vivimos aquí no es un mercado: es nuestra casa.

He vivido en cuatro de las islas y también casi una década en la península.

Volví, me quedé, y me importan mis vecinos, el paisaje y el futuro. Sé que no es habitual que una asesora inmobiliaria hable así, pero creo que este sector puede hacerse con conciencia.

Bosque de Laurisilva en La Gomera. - Carla Medina - Asesora Inmobiliaria en Canarias

¿No puedes escucharlo? Léelo aquí:

Desde Santa Cruz de Tenerife
por Carla Medina, REALTOR® y Asesora Inmobiliaria en Canarias!

«Soy Carla Medina, Asesora Inmobiliaria y te doy la bienvenida a este segundo episodio de Domingos de Ladrillos. Amanece un domingo soleado y desde mi balcón veo un mar que parece en bonanza.

Hay varios barcos navegando tranquilos, como si no existiera nada más que ese azul limpio que a veces nos regala noviembre.

Los gatos toman el sol como si fueran pequeños monjes en silencio, y yo también salgo con mi taza de café a dejarme acariciar por los rayos.

Estamos a mediados de noviembre, pero no siento el aroma a tierra mojada…
ni rastro del otoño todavía.
Al menos donde yo vivo.
Es más: es posible que jamás llegue.

Y una piensa: qué suerte vivir en paz, aunque he de reconocer que esta semana la prensa me revolvió el estómago varias veces.
Y no hablo solo de los datos de vivienda.

No sé si te has enterado, pero un periodista italiano destapó algo que todavía cuesta creer que haya ocurrido en Europa, y no hace siglos, sino en los años 90, durante el asedio de Sarajevo.

La Fiscalía de Milán investiga si existieron “safaris humanos”:
viajes en los que ciudadanos de diferentes nacionalidades —y sí, supuestamente también españoles— pagaban para ser llevados a las colinas que rodeaban la ciudad y disparar a civiles, como si fuera un deporte.

Testigos bosnios hablaron de tarifas, intermediarios, organizaciones, de gente que viajaba como quien va a un fin de semana de aventura.
Todo esto se está verificando judicialmente ahora, treinta años después y es terrible.

Yo leí eso y sentí un vacío frío en el estómago.
Siento que este tipo de noticias revelan
que la maldad extrema existe,
el egoísmo extremo existe,
la falta absoluta de empatía también existe…
y suele crecer cuando olvidamos que todos estamos en el mismo barco.

Porque al final —y esto es casi físico, no filosófico—
el destino de todos es el mismo.
Vamos a vivir los días que nos toquen y luego nos iremos.
Y entre tanto, solo queda escoger:
hacer el bien o hacer el mal.
Ayudar o aplastar.
Construir o destrozar.

Somos nada.
Una borrasca llega y lo puede paralizar todo.

Como esta semana.

La borrasca Claudia no fue la tragedia que advertían, pero sí llegó con esa autoridad que tiene la naturaleza cuando quiere recordarte tu tamaño.
Rachas de hasta 95 km/h,
345 incidencias en Canarias,
cientos de llamadas al 112,
y colegios cerrados el jueves —aunque aquí en Radazul, el viento fuerte lo noté sobre todo el miércoles a media mañana—.

Estaba trabajando en casa cuando el viento empezó a aullar como un lobo.
Las sacudidas en los cristales daban miedo.
Los gatos estaban nerviosos, tuve que meter las plantas, asegurar la terraza…
Y mi vecino casi pierde el toldo.
La vibración del edificio se metía en el cuerpo como una olla exprés a punto de explotar.

Pero pasó.
Duró diez minutos.
Quince a lo sumo.

Y cuando la calma volvió a entrar en casa, escuché otro ruido.

Un clic en la cerradura de la puerta de entrada.
Otro.
Otro más.

No era el viento.
Era alguien intentando abrir mi puerta.

Por la mirilla vi a un chico joven, altísimo, con una chaqueta North Face azul, preciosa.
Probaba llaves que no eran, miraba el número, llamaba por teléfono.
Cinco minutos así, convencido de que esa era su puerta.

Yo, al otro lado, sin abrir.
No por miedo, sino por cansancio, por el ruido, por el temporal y porque estaba pendiente de los gatos.

Al rato se cansó, se fue. Una anécdota.

YO sabía perfectamente lo que estaba pasando.

En mi edificio hay dos o tres pisos de turismo vacacional.

La hija adolescente de mi vecina ya tuvo un susto peor:
un turista le dijo un comentario incómodo en el ascensor y la miró durante todo el trayecto de forma inapropiada… La niña llegó a su casa hecha un manojo de nervios. Qué necesidad de pasar por eso. Imagínate.

Sé que son casos puntuales, pero me han hecho reflexionar:


¿Tú te imaginas a alguien confundiendo puertas en un vacacional en un complejo tipo La Moraleja en Madrid?

 

 

¿O solo ocurre en edificios de familias de otros estratos sociales?

Puse el seguro de la puerta sin hacer ruido y seguí con mis cosas. Debió darse cuenta de que se había metido en las escaleras equivocadas.

Y lo irónico, lo realmente simbólico,
es que justo ese día se aprobaba en Canarias la primera Ley de Ordenación Sostenible del Uso Turístico de Viviendas.

 

 

Ese miércoles, con la borrasca Claudia azotando las ventanas,
se aprobó una norma que tiene cuatro pilares muy simples,

Te los resumo como te la contaría tomando un café. Si entiendes estas cuatro ideas, lo entiendes todo:

La primera:
De cada 10 viviendas, 9 tienen que ser para vivir y 1, como máximo, para turistas.

Eso quiere decir que, a partir de ahora, el 90% del parque deberá ser residencial.
Familias, estudiantes, personas mayores, gente que hace barrio.
Y solo un 10% podrá destinarse a vacacional.
Es un techo. Un tope. Un “hasta aquí hemos llegado”.

La segunda:
Ese 10% no es un deseo, es un límite legal.

Si un municipio ya está por encima, no podrá autorizar nuevos vacacionales.
Si está por debajo, podrá crecer hasta llegar a ese 10%… y ahí se frena.

La tercera:
Durante cinco años, ni una licencia nueva. Cero.

Ni declaraciones responsables, ni aperturas nuevas, ni “me paso al vacacional a ver qué tal”.
Es una moratoria total para que los 88 municipios se sienten, miren su territorio y dibujen en serio dónde sí y dónde no.

Y la cuarta:
Los ayuntamientos mandan en el mapa.
La comunidad pone el marco, pero serán los municipios quienes decidan:

  • en qué zonas se puede,
  • en cuáles no,
  • qué requisitos se piden,
  • qué edificios quedan vetados,
  • cuántas licencias se conceden.

Y en medio de todo ese ruido, llegan los números fríos, que no opinan, solo pesan.

Por primera vez, las plazas de vivienda vacacional en Canarias han superado a las plazas de hoteles y apartamentos tradicionales:
más de 368.000 camas en vacacionales, ligeramente por encima de las plazas en el modelo tradicional.

El turismo en Canarias ya no se sostiene solo sobre complejos hoteleros: ahora hay otro gigante del mismo tamaño… repartido por portales y comunidades de vecinos.

Canarias, además, es la comunidad con mayor proporción de viviendas turísticas de España, alrededor del 4,7% del parque total, según el Instituto Nacional de Estadística.

Un dato pequeño en apariencia, pero enorme cuando miras dónde se concentran:
barrios concretos, calles concretas, edificios concretos donde la mitad de las puertas son maletas de paso.

Economistas hablan de crecimiento “descontrolado”,
de una auténtica “jungla” normativa,
de una “tormenta perfecta” donde se mezclan salarios bajos,
falta de vivienda pública,
presión turística,
precio de la vivienda disparado
y décadas sin planificación seria.

Y tú, mientras tanto, estás en tu casa, en tu rellano,
intentando trabajar un miércoles de viento…
y un desconocido intenta abrir tu puerta porque se ha confundido de piso.

Ahí es donde todo se junta:
la ley, los datos, los congresos, los informes…
y la vida real de la gente que solo quiere vivir tranquila en su casa.

Y es ahí donde a mí, personalmente,
me interesa estar:
en ese cruce entre lo que se firma en un Parlamento
y lo que se vive en un descansillo cualquiera de un edificio normal.

Mientras tanto, muchos dueños de vacacional están dándole vueltas a ver si mueven la inversión a otros escenarios.

De esto te podría contar 5000 batallitas.

Llevo años en un club de inversión donde también accedemos a formaciones.

En este club, en concreto, no hay ultrarricos.
Los ultrarricos ya saben dónde poner el dinero.
Aquí hay funcionarios, sanitarios, policías, ingenieros, pequeños empresarios.
Nóminas estables que han podido construir pequeños imperios de 5 o 6 viviendas.
Y algunos muchas más.

Comparten plantillas, formaciones, clases, estrategias, chats eternos en WhatsApp y Discord.
Y yo allí… soy un topo.
Una observadora.
Porque si quiero entender el mercado, tengo que entender su mente.

Y últimamente lo que veo es esto. Son auténticos linces, se saben buscar la vida. Por ejemplo:

  • Comprar en distintas comunidades autónomas y al pedir hipoteca siempre dicen que es para primera vivienda, que es que se están caminando de piso de primera vivienda cada vez.
  • Decir al banco que “se mudan”.
  • Pagan una propiedad, se apalancan en esa y luego compran otra.
  • Están siempre buscando estrategias fiscales para pagar menos.
  • Les encanta el alquiler de temporada porque así, año tras año, pueden ir subiendo los precios.
  • Y para todos ellos, la última moda, la tendencia, es el alquiler por habitaciones, así multiplican su rentabilidad.

Y mientras unos juegan esa partida, otros no logran alquilar un estudio porque los precios están imposibles.…

Y hablando de precios…

Tengo un piso precioso, aún sin publicar, que me está dando quebraderos de cabeza.
Una joya.
La semana pasada llevé a un par de clientes de mi base de datos.
Una de ellas, inversora.

¿Adivinas qué me dijo?

“De aquí saco tres microestudios”.

Y me explicó cómo dividirlo, dónde cerrar, dónde abrir.
La frase fue esta:
“Es perfecto: así nunca se estabilizan, no montan familia, no hay riesgo.
Siempre habrá alguien nuevo buscando algo parecido”.

Y el propietario quiere 400.000 porque necesita comprar en el sur, donde los pisos de una habitación están ya en 390.000 o más.

Le conté a mi padre el dilema.
Mi padre, de otra época, funcionario, tres hijas, un patrimonio construido a base de trabajo normal.

Me dijo:
“Carla, publica al precio que quiera el dueño.
¿Por qué defiendes tanto los estudios de mercado?”

Y yo lo tengo clarísimo:

  • Porque a ese precio no se venderá.
  • Porque perderá tiempo.
  • Porque ahuyentará a los mejores compradores.
  • Porque bajará más tarde.
  • Porque yo dónde está el intervalo correcto.

Y aquí estoy:
manejando como puedo unas expectativas disparatadas de un propietario que en realidad tiene esas expectativas porque necesita un lugar para vivir.

Y otros queriendo partir el piso en tres unidades,


y los compradores diciéndome que si tengo algo que puedan comprar para vivir… que no encuentran nada, etc.

La vivienda es un pilar de la clase media que no es que se tambalee, es que ya prácticamente está en el fondo del abismo.

Mientras tanto…
seguimos sin mirar de dónde venimos.

La España del hambre.
La posguerra.
La escasez.
La necesidad.

Esta semana me he acordado de una peli llamada El pisito. ¿La has visto?

Es de 1958, de Marco Ferreri, con guion de Rafael Azcona.

Una película vieja, sí.
Pero que te deja una bofetada suave en la cara, de esas que no hacen ruido pero te despiertan:

Una pareja lleva 12 años sin poder casarse porque no encuentran dónde vivir.
La única opción “barata” es un mini piso donde vive una anciana.
¿La solución?
Él se casa con la casera para heredar el alquiler cuando ella muera.

Era sátira.
Pero también era la España de la necesidad, del “haz lo que tengas que hacer para sobrevivir”.
Y lo peor es que, casi setenta años después, la historia se entiende demasiado bien.

Porque seguimos igual:

— Adultos de 40 compartiendo piso porque vivir solos se ha convertido en un lujo.
— Salarios que van por un carril y los precios por otro.
— Barrios que echan a los de siempre.
— Y vidas enteras en pausa, esperando a que aparezca un piso que no se coma el salario.

“El Pisito” hablaba de supervivencia.
Ni más ni menos.

Y lo curioso —porque este Domingo de Ladrillos va de casualidades—

y es que, leyendo prensa esta semana, me encontré con una noticia de un edificio justo de esos tiempos. Otra historia, misma época.
Otro símbolo de supervivencia.
Otro pedazo de memoria que también está en peligro:

El Silo del Puerto de Santa Cruz.

Llevo toda la vida viéndolo desde la carretera, pero como nos pasa con tantas cosas,
lo veía sin mirarlo.

Y esta semana salió en todos los periódicos porque podría tener los días contados.

El Silo del Puerto —ese gigante vertical junto a la TF-11—
era parte de la Red Nacional de Silos y Graneros (años 40–60).
Lugar donde se almacenaba el grano que alimentaba a miles de familias en tiempos de escasez. Aquí se almacenaba y se mandaba a otros destinos. Era ingeniería en vertical.
Era seguridad alimentaria.
Era la España que hacía malabares para que la gente comiera.

Hoy es el último de su tipo en España.
El de Málaga ya cayó.

La Autoridad Portuaria dice que necesita ese suelo, que está obligado a dar luso y como nadie ha querido reaprovechar hasta ahora el edifico, pues hay que derribarlo.
Ha dado seis meses para ver si alguien presenta un proyecto de reutilización.
Si no aparece: adiós.

Mientras tanto:

— El Colegio de Arquitectos pide una consulta pública.
— Los vecinos ya llevan más de 700 firmas para salvarlo.
— Y los expertos dicen que tirarlo sería un error grave, un borrado de historia.

Porque esto no es solo cemento.
Es memoria.
De un país que pasó hambre
y que ahora, curiosamente, olvida muy rápido.

Hoy decidí ir a verlo.
Caminé más de una hora, cruzándome con la Maratón de Santa Cruz.

Vi corredores mayores, personas con discapacidad, gente dándolo todo.
La imagen te reconcilia con algo, no sé con qué, pero con algo bueno.

El día estaba tan luminoso que parecía primavera plena.
Cerca del Cuartel Almeida escuché pájaros, qué vida dan los árboles a la ciudad.
Busqué castañas asadas —mi pequeño ritual de otoño—
pero nada. Solo vi un puesto y estaba cerrado. Aquí el otoño siempre se hace de rogar.

Y cuando finalmente me planté delante del silo,
sentí un nudo en la garganta.

Las ventanitas rotas.
Las palomas dentro.
La estructura cansada.
Ese tipo de belleza que solo tienen las cosas que han vivido mucho.

Y pensé en todo lo que guardó dentro.
En lo que representó para tantas familias.
Y en lo absurdamente fácil que es perder algo así.

De regreso empezó a chispear.
Durante media hora.
Una lluvia finita, suave, casi de caricia.

Qué regalo.
A veces el cielo tiene más tacto que nosotros.

A veces basta una lluvia ligera,
o un edificio al que quizá le queden meses,
o una película en blanco y negro,
para recordarte algo básico:

Da igual si vives en un piso compartido con 40 años
o en una mansión con piscina.
Al final todos necesitamos lo mismo:
cama, techo, un baño y una cocina.

Somos iguales.

 

 

Y si de verdad lo tuviéramos presente,
veríamos la vivienda menos como una máquina de hacer dinero
y más como lo que siempre fue: un pilar.
Como la educación, la salud, la comida y la seguridad.

Los pilares que permiten que un domingo alguien corra una maratón,
o que yo pueda caminar bajo la lluvia
mirando un silo que aún resiste
y que cuenta quiénes fuimos
y quiénes podríamos dejar de ser.

Soy Carla Medina, REALTOR® y asesora inmobiliaria en Canarias y si quieres vender o comprar, ya sabes, llámame.

Hasta el próximo domingo.

Cuéntame que te ha parecido este audio. ¿Quieres que la semana que viene visite tu pueblo o tu barrio? Pídemelo.

Carla Medina

(REALTOR® y Consultora Inmobiliaria en Canarias)